Cara A

Aquel día llegó a casa un regalo inesperado. Un paquete que contenía una cinta, sin recopilaciones y sin título, con una nota que decía “escucha por la cara A”.

No pensé que al ponerla sonaría tu voz, pensé en mi canción favorita, la que me quita el cabreo y las penas, la que me hace sonreír y bailar. La que hace que no pase frío a pesar de ir en bragas por la casa en pleno invierno. Pero no, no era eso, era tu voz.

No sabría decirte si con tono de felicidad o tristeza, no sabría decir si con nervios o añoranza, pero era tu voz.

Era un mensaje que parecía haber vivido una vida completa a mi lado, con mi mal genio y mis días malos, con mis enfados y angustias. Dejaba un eco de una vida entera con mi risa, mi sonrisa, mis rubores, mis lágrimas de alegría y mis faltas de aliento de tanto reír. Mis aventuras, mis desayunos y mis bizcochos. Mis grandes actos y mis grandes detalles.

Tu voz sonaba a todo lo que nos quedaba por vivir, a todo lo que aún no habíamos sido capaces de imaginar, ni de dar vida. Sonaba a todo lo que deseábamos que ocurriera.

Me pedías escuchar la cara A. La escuché repetidamente una y otra vez, hasta que decidí escuchar la B. Me diste las gracias y me diste una cita. Y allí te encontré, dispuesto a vivir la cara A en lo que nos quedaba de vida.

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