El cuadro

Desde el momento que lo vi, supe que tenía que ser mío. Desde el momento que vi sus magníficos colores, supe que debía sacarlo de esta cárcel de exposición.

Planeé hasta el mínimo milímetro cada paso que debía dar para que no saltasen las alarmas, para que no me captaran las cámaras, para que nadie supiese de mi presencia.

Un trabajo excesivo para un solo hombre, pero no imposible. Conseguí entrar sin ser visto. Conseguí llegar a la sala sin saltar ni una sola alarma. Conseguí ponerme delante del cuadro y tocarlo.

Escuché los pasos del guardia, escuché su respiración, escuché hasta sus pensamientos. Pensé en huir sin llevarme aquella preciosidad.

No me pude resistir, lo cogí y me oculté en las sombras. Él no me vio, yo seguí mi plan de huida y ahora admiro mi gran premio colocado en mi salón mientras tomo una copa de vino.

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