Taberna

Aquel antro olía a cerveza desde la calle, el jaleo del interior no dejaba duda que aquel era un lugar donde olvidar las penas.

La puerta se abrió y casi nadie se percató de quién estaba entrando. No se percataron de su vestido embarrado y sus botas de cuero sucias. Tampoco vieron su pelo revuelto bajo la capucha ni sus labios carnosos con sus mejillas enrojecidas.

Caminaba con seguridad y desdén hacia una de las mesas vacías, casi oculta entre tanta muchedumbre. Pero algo había en ella que llamaba la atención. Las miradas se clavaban en ella.

Se sentó en la mesa, bajó la capucha y desveló que era una simple mujer más. Pidió un vino y empezó a beber.

Quizá, en otra circunstancia, una mujer entrando en un lugar donde no debería estar, escondiendo su rostro podría significar que fuera de la realeza. Hoy, en la taberna, una fugitiva asesina, bebía su copa de vino.

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