Jugando con los mortales

Llevo más tiempo del que puedes imaginar caminando entre vosotros. Él me mandó por una simple razón, con una sola misión.

Cumplí cada una de sus órdenes y deseos sin rechistar y sin preguntar el por qué. Hice cuanto me pidió, pues esa era mi obligación, mi razón de ser.

Sin embargo, un día descubrí que lo amaba más que ninguno de nosotros, que lo miraba como nunca nos miró, que le preocupaba como jamás le preocupamos. Él, de carne y hueso, terrenal y mortal. Él era más que cualquiera de nosotros.

Había jugado durante millones de años con criaturas similares, engañando a cualquier humano para crear un ser parecido. Yo llegaba allí a otorgarle los dones necesarios para que los simples humanos lo considerasen un semidiós. Pero no fue como con él.

Él no fue el primero, pero fue el último. El día que organicé su muerte supe que ya no volvería a realizar mi tarea. El día que decidí traicionarlo supe que nunca regresaría a ser la misma.

Desde ese día vuelo libre entre los humanos, viviendo mil vidas. Sé que no me observa. Sé que no me mira con esos ojos. Lo sé todo.

Ya no hay semidioses, pero los ángeles seguimos danzando por el mundo humano. Él piensa que para mí es un destierro, pero yo, el ángel del poder, soy la única capaz de ser libre en el mundo que él creó para un día destruir.

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