Todo lo que no sabías

El día que te marchaste te fuiste sin saber nada, absolutamente nada. No sabías que estaba deseando ver esa mirada, esa sonrisa, escuchar esa voz. No sabías que me gustaba sentirte cerca, aunque fuera con la excusa de no hacer nada. No sabías que buscaba la manera de tener dos minutos, o uno, en el que poder dirigirte una palabra.

No podías ser capaz de entender que me permitía pensarte y sentir que quizá podía ser real. No sabías que erizabas mi piel al rozarla, aunque no fuese con gran cariño ni sentimiento. No sabías que me ponía nerviosa al nombrarte.

No sabías que me decepcionaste, cuando ni yo misma sabía si podías hacerlo. No sabías lo que supuso una sonrisa dirigida a mí, ni un pequeño “guapa” de tus labios. No sabías la felicidad que me sacabas con un comentario o un simple mensaje. No sabrás lo mucho que me dolió aquel “adiós”.

Podría hacer una carta infinita de todo lo que no sabías acerca de mí y de todo lo que me gustaría que supieses. Podría escribir una lista con todo lo que no sabías que me provocabas, con alegría, miedo y duda. Podría escribirte mil veces todo eso que no sabías, pero creo que jamás podría decírtelo a la cara.

Me quedé en pausa durante un segundo, ya que todo lo que no sabías, no lo podrías saber jamás.

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