Nos fugamos a destiempo

Pequeños, demasiado pequeños para salir huyendo. ¿Hacía dónde? Lo más lejos de casa que pudiéramos. Huyendo del olor a tabaco y a alcohol. Huyendo de los gritos y los golpes.

Huir era nuestra única forma de sobrevivir, pero no podíamos salir por la puerta de casa y no regresar. O eso pensábamos.

Un día, sin pensarlo dos veces, cogimos el oso, una mochila, metimos la ropa y las galletas que pudimos, y comenzamos a andar. Sin rumbo. Sin destino. Simplemente andar.

Tras horas de cansancio, dolor, sed y sueño, decidimos pararnos y escondernos para dormir un poco. No tardaron en descubrirnos y llevarnos a la comisaría.

Los avisaron, a pesar de que lloramos para que no los llamaran, llamaron. A pesar de que suplicamos que no nos devolvieran, nos devolvieron.

Ellos veían llegar a unos padres preocupados a recoger a sus hijos fugados. Nosotros, veíamos a nuestros carcelarios que nos impondrían un castigo con una botella rota y un cigarro apagado en nuestra piel.

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