Amanecer contigo

Todas las mañanas hay un punto concreto en el que te necesito a mi lado. Todas las mañanas, a la justa salida del sol, la temperatura desciende, la piel siente frío y agradeces una sábana cerca de ti.

A lo largo de la noche, nuestras piernas chocan, se esquivan, nuestras espaldas intentan como locas no buscarse, no rozarse, no estar cerca la una de la otra, pero justo en ese momento, nuestros cuerpos piden otra cosa.

Justo en ese preciso momento, en el que la luz empieza a iluminar la habitación, en el que te pide tu ojo izquierdo que bajes la persiana y vuelve la plena oscuridad, en el que tu mente pide que se retrase tres horas el reloj y, tanteas la cama para encontrar algo que te abrigue; tus manos buscan mi barriga y me atraen a ti. Tu rodilla se deja caer en mis piernas, mi espalda se acopla a tu torso, tu respiración calienta mi nuca y tus dedos se entrelazan con los míos.

Justo en ese momento buscas mi calor y me das el tuyo. Justo en ese momento, ese preciso momento, agradecemos que haya bajado la temperatura. Ese es el momento en el que dormimos abrazados, por necesidad.

Y así, con los primeros rayos de sol nos despertamos sintiéndonos cerca y una hora más tarde nos despertamos de verdad, sabiendo que seríamos capaces de dormir separados, pero incapaz de levantarnos si no estamos dándonos calor al inicio del amanecer.

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