Tiempo

Nos encontramos en aquella sala que había escuchado y vivido tantas historias de nuestra adolescencia. Pocos de nosotros querísn estar realmente estar allí en ese preciso momento.

Escuchaba las conversaciones de aquellos que creían que sus mentiras no serían descubiertas, pero siempre había algún fallo en su discurso. Escuchaba las risas falsas de quienes lo escuchaban, los creían y los envidiaban.

Los escuchaba mientras nosotros seguíamos a nuestro aire, riendo de las anécdotas de los niños, de la conversación pendiente en el bar dos días antes, con una cerveza en la mano y unas ganas locas de coger vacaciones.

Escuchábamos todas esas falsedades cuando nadie quería oírlas. Nadie venía a preguntarnos, pues a nadie le importaba lo que hubiese sido de nosotros.

Con nuestras vidas sencillas, simples, con penurias y completamente reales. Imperfectas como la vida. Con lloros y todo lo que nos robó, pero que nos enseñó lo valioso que es el tiempo de la vida.

Porque siempre nos faltará tiempo. Nos faltó tiempo para leer, para cantar, para ver películas, para correr, para pensar, para lograr, para planear, para viajar, para disfrutar, para soñar, para reír y, sobretodo, nos faltó tiempo para vivir.

Tras aquella reunión nos fuimos directos a la terraza de su casa, con la mesa puesta, risas, los niños correteando y un escándalo propio del verano. Los miré, a los simples mortales que éramos y dije:

-Tiempo, nos lo has quitado todo.

Lo medité por unos segundos.

– Pero ¡qué coño! os lo diste todo- contesté.

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