Cumpleaños fatal

Vuelan los días en el calendario y se va acercando ese fatídico día en el que alguna de nosotras tiene que soplar las velas. Desde que éramos unas jovenzuelas somos un desastre en este evento. Y lo será así hasta el día que muramos, aunque lo mismo también organizamos mal el entierro.

Rebeca tuvo esa sensación de que en aquel cumpleaños también se cumpliría la tradición, a pesar de que soplaba ya las 50 velas. Nos conocía tan bien, que sabía que la fiesta sorpresa ideada por su marido, estaría organizada por Cata y desvelada por Andrea. Por supuesto, no falló en nada.

Sus hijos se empeoraron en ir a un restaurante lujoso, un cocktail de etiqueta para que Rebeca pudiera ponerse ese vestido que se compró hace ya casi un año. Cata se negaba a ir a un sitio de esos, no. Ella era de ir en zapatillas, sí o sí, mejor si son las estar por casa. Es de esas que les da demasiada pereza ponerse un poco de rímel, aunque sea para disimular un poco la vista cansada. Ella quería una fiesta sorpresa en el jardín.

Convenció a sus hijos para que no se proecupasen por nada, ella se encargaría todo. Y de todo se encargó. No había detalle que no hubiese pensado, mil excusas y mentiras para que en aquella ocasión no nos pillaran. Contó con todo, excepto de pesar en cómo alejar a Andrea de Rebeca.

Andrea era capaz de desvelar lo desvelable sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, ni con quién. Cómo ya manda la tradición, Andrea te desvesla tu regalo o que tienes una fiesta sorpresa e, incluso, que tu novio te lleva de viaje para pedirte matrimonio. Sin embargo, no es capaz de entender a la primera a su novio arrodillado con el anillo.

Pues eso, Andrea desveló la fiesta en el jardín, fecha, hora y lugar del evento a la única persona a la que no había que avisar. Por lo que la fiesta sorpresa, dejaba de ser sorpresa.

Cuando Rebeca llegó a la cena, ya sabía hasta el menú que teníamos organizado, también sabía qué le habíamos comprado y qué queríamos comprarle al enterarnos que conocía nuestros secretos mal guardados. Lo que no pudo esperar, y mira que era esperable, era que no tuviésemos un generador lo suficientemente potente como para mantener el alumbrado.

A oscuras, peleándonos con los plomos, con las corrientes, con los aparatos y con todo lo que nos pudiera dar algo de luz. Una descalza encima de una silla, la otra sentada en el suelo rendida ya de todo y la que faltaba riendo de ver que volvíamos a liarla a pesar de nuestra madurez.

Conseguimos tener algo de luz. Conseguimos cenar. Nos quedaba nuestro momento estrella: la tarta. ¿Y dónde estaba la tarta? Andrea no la había recogido de la pastelería, no teníamos velas, como de costumbre. Cogimos los globos de helio del 50 y dos magdalenas, un mechero y encendimos el cordel. Sabíamos que el helio no ardería, pero no se nos ocurrió que nos quedaríamos sin globos.

Ya volaban por el cielo aquellos dos números, nuestras velas más originales. Ya volaban en medio de las risas del desastre. Rebeca estaría maldiciendo cada uno de nuestros nombres, pero allí estábamos riendo, nosotras, casi cincuentonas como si fuésemos las mismas veinteañeras que nos habíamos cargado ya unos cuantos cumpleaños.

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