En blanco

El primer sonido, el primer llanto. Ahí nace nuestra primera hoja en blanco, dónde todo lo pasable está por pasar. Es ahí donde comienza a imaginarse un futuro claro, infinitas posibilidades de todo lo que nos pasará en nuestra larga y maravillosa vida.

Ninguno de los presentes en la sala quieren imaginar las fatalidades que pueden pasar. Ninguno quiere imaginar un error o un hecho que signifique el llanto de tristeza.

Pero el papel está en blanco, la tinta hace su trabajo de relatar todo lo que pasa. Y como no puede borrar nada de lo que ocurre, pues tacha lo que le parece más corregible. ¿Qué son esos tachones? Nuestros errores.

Así crecimos, entre caídas, fiebres, catarros, vómitos, esguinces, miembros fracturados. Entre discusiones, castigos, rabietas y mil enfados; sin ser conscientes de la página en blanco que siempre estaba delante de nosotros.

No, no nos dimos cuenta hasta que nos conocimos por error, o, por casualidad. Porque ese día en el que nos conocimos, ambos vimos una página en blanco en la que inventar nuestras posibles historias.

Éramos un desastre como pareja. Nunca nada nos salía bien. E insistimos en demostrar que no éramos un error.

Cafés derramados, copas rotas, mojados sin paraguas. ¿Qué más daba? Solo con mirarnos sabíamos que cometeríamos mil errores cada semana y valdría la pena, simplemente porque teníamos una sola posibilidad de ser justo lo que éramos.

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